¿Existe el ‘problema catalán’?

FONT:   EL PAIS
César Molinas 18 MAR 2012 – 02:25 CET
(SERIE: ¿QUÉ PROYECTO PARA ESPAÑA? – 3)

– España necesita un proyecto de futuro más audaz, motivador y urgente que otros países europeos para salir de la crisis
– En el siglo XVII las clases dirigentes se vuelven inmovilistas y reaccionarias
– El problema no está en las fuerzas centrífugas, sino en la fuerza centrípeta
– En España la noción del interés nacional es débil, y apenas hay políticas de Estado

Se cumplieron el año pasado 90 años de la publicación de La España invertebrada, uno de los libros más odiados por el españolismo ultramontano. Vale la pena releerlo, porque es un nonagenario lleno de frescor y actualidad (iam senior, sed cruda deo viridisque senectus, escribió Virgilio).

En este artículo voy a argumentar que España, para salir de la presente crisis, necesita un proyecto de futuro más audaz, más motivador y más urgente que otros países europeos. La razón es que la cohesión nacional es, comparativamente, muy baja, y que para superar los obstáculos del presente hace falta un fuerte estirón desde el futuro. En primer lugar discutiré la experiencia nacional de España partiendo de la idea de nación de Ortega. A continuación analizaré las importantes diferencias que tiene España como Estado-nación con otros países de nuestro entorno como Francia o Portugal. Por último, resaltaré el carácter anacrónico de la construcción nacional en pleno siglo XXI y defenderé que el mencionado proyecto tiene que poner el énfasis en la construcción de una sociedad que maximice las oportunidades que se les ofrecen a los individuos.

Para Ortega, una nación se define por un proyecto de futuro con capacidad integradora, dirigido por un pueblo con autoridad para mandar. Es un concepto muy amplio que incluye, por ejemplo, al Imperio romano (nación latina dirigida por Roma). España tuvo ese tipo de proyecto, por lo menos hasta el siglo XVII, vertebrado por una Castilla que sabía mandar y mandaba. La historia de una nación es la historia del proceso de integración, mientras el proyecto de futuro se mantiene vigoroso, y también la historia de la desintegración, cuando el proyecto desfallece. Una nación también puede verse como un equilibrio entre fuerzas centrífugas, que siempre permanecen vivas, y la fuerza centrípeta que emana del proyecto integrador. Cuando esta última se debilita, porque el proyecto se agota, las fuerzas centrífugas se manifiestan con todo su potencial. En el siglo XVII el proyecto español se anquilosa porque las clases dirigentes se vuelven inmovilistas y reaccionarias (en el primer artículo de esta serie, España, capital Madrid, di una explicación braudeliana de este proceso basada en la geografía: hay, por supuesto, otras explicaciones, complementarias o alternativas). Esta es la historia de España desde entonces: primero se va Flandes; luego sigue Nápoles; más tarde marcha América; a continuación, Filipinas y Cuba; también las provincias africanas, y ahora Cataluña y el País Vasco se lo están pensando… Es llamativo que no hubiera un diagnóstico certero de lo que estaba ocurriendo hasta 1921, y es significativo que, una vez publicada La España invertebrada, cayese sobre ella un espeso manto de silencio. Así que se sigue hablando del problema catalán evitando extraer denominadores comunes con el problema filipino, el problema americano o el problema flamenco. El problema no está en las fuerzas centrífugas, que siempre han estado ahí, sino en la fuerza centrípeta, cuyo atractivo integrador se perdió hace siglos.

En 1939 España devino una “unidad de destino en lo universal” en la que los protocatalanes Indíbil y Mandonio ya encarnaban hace dos milenios las esencias patrias de una España eterna e inmutable. Que todo esto fuese risible desde cualquier perspectiva histórica seria no fue óbice para que este milenarismo fantasioso se consolidase como el paradigma desde el que un sector de la población española —el que tiene como intelectual orgánico a la Iglesia católica— concibe pasado, presente y futuro. En lo que sigue —y con el único ánimo de abreviar— me referiré a este sector como “Indíbil y Mandonio”. Sus concomitancias con la base social del capitalismo castizo son muy grandes. Su alianza estratégica con la izquierda aglutinada en torno al movimiento sindical —en adelante, “los sindicatos”— para hacer fracasar la reforma estructural es una de las claves para entender la política de fondo de la España actual. La pinza reaccionaria formada por Indíbil y Mandonio y los sindicatos para defender el statu quo —en adelante “la pinza”— es el mayor obstáculo que tiene que superar cualquier programa coherente de reforma estructural. Pero dejo esto para más adelante, en el cuarto y último artículo de esta serie, para concentrarme ahora en otro tipo de obstáculos que tiene que afrontar dicho programa: la débil cohesión resultante de las peculiaridades de la construcción de España como Estado-nación.

LLEGIR MÉS A:    http://economia.elpais.com/economia/2012/03/16/actualidad/1331928798_165067.html

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